La Ministra de Servicios Penitenciarios cree estar haciendo una gracia al afirmar que “es lloriqueo el grito de guerra de los estudiantes que fueron a atacar mujeres a la residencia del gobernador”. Sin duda está desubicada.
Oswaldo Páez-Pumar
Los que fueron a atacar mujeres a la residencia no del gobernador sino del presidente fueron los alzados del 4 de febrero de 1992. Atacaron La Casona donde se encontraban la esposa, hijas y nietas del presidente, por cierto ocupando dicha residencia con estricto apego a la ley.
Los estudiantes tachirenses no atacaron dicha residencia sólo manifestaron, pero para la ministra que observa sin perturbarse las batallas que con armas de guerra se realizan dentro de los penales a su cargo, una pancarta que denuncia el atropello a los derechos ciudadanos es como una bomba atómica. Así la ve el usurpador, los vicepresidentes, los ministros, los diputados del PSUV y los jueces que gritan “uh, ah” y serán los encargados de sentenciar los procesos contra los manifestantes, lo que explica la desproporción existente entre las manifestaciones de descontentoy las respuestas represivas del gobierno.
Lo mismo ocurrió en Margarita donde los propios jugadores cubanos declararon no haber sido agredidos. El atropello a los jóvenes no fue tanto por sus protestas, sino por temor a que pudiera germinar una semilla de deserción entre los beisbolistas. Había que establecer que el régimen responde a Cuba y que no es lo mismo desertar de un equipo cubano en las olimpíadas en Grecia que hacerlo aquí. Es la impronta de Castro cuyos espalderos “peinan” La Habana dos y tres veces cuando éste se desplaza de un lado a otro porque no hay nada que atemorice más a un tirano que una idea.
En otros tiempos de nuestra historia, esa declaración habría emanado de la Directora de Prisiones del Ministerio de Justicia y una reprimenda del ministro o hasta una destitución del cargo hubiera podido generar. Ahora no, porque ella es tan ministro como uno de los actores del ataque a las mujeres en la residencia presidencial y no precisamente con pancartas. El ataque se perpetró con armas de guerra y a pesar de la premeditación, la nocturnidad y la ventaja de la sorpresa no pudieron vencer y bajaron las armas junto al héroe del museo militar.








