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Opinión 10/10/2018 11:05 am

Me cansé de los aplausos

Recientemente dirigí un discurso a unas 150 personas en el que cometí uno de los actos más odiosos y mediocres de un orador: pedir aplausos. Aunque no eran para mí ni para ellos mismos (tampoco caí tan bajo), sino para terceros realmente merecedores, fue un atentado contra la voluntad de esta masa de espectadores quienes, en vez de recibir un estímulo suficiente para reaccionar con un aplauso, obtuvieron una orden que se parece más a una súplica.

Los aplausos son gratificantes y liberadores, pero al mismo tiempo opresores silentes. Lo primero porque son la expresión social por antonomasia de reconocimiento al mérito; lo segundo porque son creadores de espirales de silencio a gran escala.

Una espiral de silencio es la omisión, casi siempre subconsciente, de criterios u opiniones minoritarias por temor a ser rechazadas por la mayoría. Forma parte del proceso natural de adaptación para la supervivencia. Nadie se sienta mal por eso. Hasta los más perspicaces y críticos se convierten en masa y actúan en consecuencia por una simple razón: son seres humanos más avanzados, pero seres humanos al fin. Aplaudir algo que realmente no resulta digno de aplausos es una de las formas más sencillas de distinguir una espiral de silencio en pleno desarrollo.

Es nuestro cerebro quien hace la función de Dios y establece este tipo de mecanismos que nos permiten minimizar la matazón de unos con otros. Tolerar, ceder y conceder son producto de un comando mental que permite la vida en sociedad.

Sin embargo, esto no es infalible. Podemos decidir ser conscientes de nuestra inconsciencia y programarnos para hacer algo diferente. Por eso me rebelo contra los aplausos y, consciente de mis tantas inconsciencias, escribo para que sean mis hermanos en esta revolución a muerte.

Me cansé de aplaudir a malos artistas, políticos deshonestos, causas fracasadas, éxitos tramposos; me cansé de aplausos sin el mérito del esfuerzo o de lo extraordinario; me cansé de ver como se aplaude a la corrupción cuando no es a gran escala; me cansé de ver como se aplaude a la ignorancia de quien grita más fuerte; me cansé de ver como se aplaude a quienes quieren que desconozcamos sobre la libertad de no aplaudir.

Amo aplaudir casi tanto como sonreír. Solo aspiro que hagamos cosas más plausibles y una de ellas es dejar de aplaudir lo malo.

Carlos Javier Arencibia

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