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Opinión 08/05/2018 9:13 am

Voces de la Academia: San Antonio de Los Altos, una ciudad más que tricentenaria

A juzgar por su desorganizado crecimiento urbano y su caos citadino en torno a la carretera Panamericana, San Antonio de Los Altos parecería una ciudad nueva e improvisada. Solo lo segundo, lamentablemente, es cierto, porque las colinas y picachos que le sirven de asiento la han acunado por más de tres siglos.

San Antonio fue llamado originalmente de Medinaceli. También se les había dado a sus predios el nombre de San Antón y, antes de la llegada de los españoles, Gulima, hermoso topónimo en Caribe septentrional o Chotomaimu, la lengua de los aborígenes. Su fundación efectiva ocurrió el 1° de mayo de 1683 y, según informó al Rey el gobernador Diego de Melo Maldonado, simplemente consistió en el asentamiento de 24 familias de origen canario, en total unas 120 personas, que habían llegado poco antes con la intención de asentarse para hacer trabajos agrícolas. Fue un surgimiento modesto, sobre unas tierras donadas por don Juan Mijares de Solórzano y Monasterios, primer marqués de Mijares, con el expreso deseo de que se mantuviera la propiedad comunal sobre la tierra y la vinculación a la Iglesia católica.

Eran pequeños y estrechos valles así como cerros escarpados sin mucha agua, a pesar de los riachuelos que bajaban de las montañas, formando cantarinas y límpidas cascadas. Allí los comuneros fueron plantando hortalizas y criando algunos animales. Originalmente San Antonio estuvo más volcado hacia el naciente y conectado con San Diego, a través del Alto de las Yeguas, por El Limón, a diferencia de lo que ocurre en la actualidad.

Si bien San Diego tuvo un origen distinto como pueblo de indios, su asentamiento en el sitio actual es posterior a San Antonio. No obstante, San Diego fue por muchos años el segundo centro urbano más grande e importante de Los Altos, después de Los Teques, surgido este último más tarde, en 1777, pero con mayor crecimiento por su ubicación estratégica sobre mesetas próximas al río San Pedro y al camino que comunicaba Antímano y Macarao, por Las Adjuntas, con La Victoria y los Valles de Aragua.

La parroquia eclesiástica de San Antonio de Padua sería erigida por el obispo Mariano Martí el 21 de abril de 1783, cien años después de la fundación del pueblo. Por casi dos siglos y medio, San Antonio permaneció como un caserío oculto entre sus sembradíos y altos árboles.

Luego, la apertura de la carretera que lo comunicaba con Las Mayas y El Valle, hacia 1937, empezó a cambiar el recogimiento bucólico de la aldea. Más tarde, la construcción de la Panamericana en 1955 lo proyectó como un área de expansión urbana de Caracas y lo fue perfilando como una ciudad dormitorio. Ahora San Antonio se inclina hacia el poniente, sobre la carretera que lo conecta con Carrizal, Los Teques y Tejerías.

El acelerado crecimiento de San Antonio por más de cinco décadas lo convirtió no solo en la segunda ciudad de Los Altos, sino en la ciudad dormitorio más cercana a Caracas, a tan solo 14 kilómetros de Coche. En 1983 se creó el municipio autónomo Los Salias y, desde entonces, San Antonio ha llevado una vida agitada, sin perder la vinculación con las ciudades hermanas que un día integraron el desaparecido distrito (hoy municipio) Guaicaipuro, con Los Teques como cabecera.

San Antonio de Los Altos pudiera parecer una ciudad nueva por el desorden y la improvisación urbanística. No en balde, el diario El Nacional tituló una vez “Ejemplo mundial de caos urbano” para referirse dolorosamente a San Antonio. En medio de ese caos, palpita una ciudad con una larga tradición envuelta en neblina y musgos, aromatizada por pinos y eucaliptus, como antes lo fue por cafetos y margaritas, engalanada siempre por varitas de San José y volátiles dientes de León, brillante bajo el sol serrano como hojas de copey y quiripití.

A medio camino entre Caracas y Los Teques, a medio camino también entre Caracas y los Valles del Tuy, la costa y el Alto Llano, San Antonio se proyecta como una encrucijada de nubes y afectos, de un país que se va y otro que está, de seguro, por venir.

Horacio Biord Castillo

Contacto y comentarios: [email protected]

Academia de la Historia del Estado Miranda

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